La dimensión social con método, se convierte en estratégica

Cada noviembre, Fundación SERES y Deloitte publican una radiografía del compromiso social de las empresas españolas. Es un informe de referencia, con once ediciones ya a sus espaldas, y ese recorrido aporta algo que pocos estudios logran: una perspectiva histórica de cómo ha evolucionado la manera en que las organizaciones entienden su papel en la sociedad.

En su XI edición del Informe del Impacto Social de las Empresas, se destaca la magnitud del cambio: la dimensión social gana peso como eje estratégico en la agenda empresarial, con implicaciones directas en cómo las compañías operan, rinden cuentas y se relacionan con su entorno. No es una tendencia pasajera: seis de cada diez empresas prevé mantener su inversión social en los próximos dos años, y algo más de dos de cada diez anticipa incrementarla. Lo social ha dejado de ser un capítulo accesorio para convertirse en un pilar con peso propio dentro de la estrategia corporativa.

En su última edición hay un dato que refleja una realidad que merece detenerse a pensar. No es el más llamativo del informe, ni el que ocupa el titular, pero es el que mejor explica algo que se repite con frecuencia dentro de las organizaciones.

Lo que revela mirar más allá de los datos agregados

El informe recoge, entre otras muchas cosas, cómo se relacionan las empresas con las comunidades de su entorno: si existen espacios de diálogo estables, si esa relación se sostiene en el tiempo o si se limita a encuentros puntuales. Y lo revelador es que buena parte de las empresas analizadas todavía no cuenta con mecanismos formales y continuos para esa relación. Tienen iniciativas, tienen buena voluntad, tienen incluso presupuesto destinado a ello. Lo que muchas no tienen todavía es un método.

Ese matiz, aparentemente pequeño, lo cambia casi todo.

Una empresa puede tener decenas de alianzas con entidades sociales, puede impulsar programas de voluntariado cada año, puede destinar una partida generosa a inversión social. Y aun así, no tener una relación con la sociedad construida con intención. Son cosas distintas: hacer acción social y tener una manera deliberada, coherente y sostenida de relacionarse con el entorno. La primera puede convivir perfectamente con la improvisación. La segunda exige diseño.

Cuando la generosidad no tiene arquitectura

Cuando una empresa actúa con generosidad pero sin método, lo que ocurre casi siempre es que esa generosidad no logra transformarse en algo que la propia organización pueda sostener, medir con sentido ni contar con autenticidad. Se convierte en una colección de buenas acciones inconexas entre sí, cada una valiosa por separado, pero sin un hilo que las una a la identidad de la empresa ni a las necesidades reales de las comunidades con las que se relaciona.

Esto tiene consecuencias muy concretas. La primera es la discontinuidad: cuando cambia un responsable de sostenibilidad, cuando se ajusta un presupuesto o cuando llega un año de incertidumbre, las iniciativas sin método suelen ser las primeras en desaparecer, precisamente porque nunca estuvieron ancladas a nada estructural. La segunda es la dificultad para contar lo que se hace: una empresa con decenas de acciones sociales dispersas tiene mucho que mostrar, pero poco que explicar con un relato propio y coherente. Y la tercera, quizás la más importante, es la pérdida de impacto real: sin un criterio que oriente qué alianzas tienen sentido y cuáles no, la energía y los recursos se reparten sin la intensidad necesaria para transformar de verdad algo en el entorno.

Por qué esta distinción importa tanto

La dimensión social de una empresa no se agota en cuánto invierte ni en cuántas iniciativas impulsa. Se define por si esa inversión y esas iniciativas responden a una manera de entender qué papel quiere jugar la organización en la sociedad, y por si esa manera de entenderlo se traduce, puertas adentro, en cómo decide, cómo lidera y cómo se relaciona con las personas que la conforman.

Dicho de otro modo: lo social no empieza en la alianza con una entidad externa. Empieza en la coherencia interna que hace que esa alianza tenga sentido. Una empresa que trata a sus propios equipos con escucha real, que reparte la responsabilidad y que construye confianza puertas adentro, tiene ya la base sobre la que edificar una relación auténtica con el exterior. Sin esa base, cualquier alianza externa corre el riesgo de convertirse en un gesto bien intencionado, pero desconectado de lo que la empresa realmente es.

Qué significa, en la práctica, construir con método

Tener método no significa burocratizar la generosidad ni convertir cada acción social en un proceso rígido. Significa, sobre todo, tres cosas. Primero, entender antes de actuar: escuchar de verdad qué necesita el entorno, la comunidad o la entidad social con la que se quiere colaborar, en lugar de partir de lo que a la empresa le resulta más cómodo o más visible. Segundo, elegir con criterio: no todas las alianzas posibles son las alianzas correctas, y una relación con sentido se construye sobre la coherencia entre lo que la empresa hace y lo que dice ser, no sobre la cantidad de colaboraciones que puede sumar a su memoria anual. Y tercero, sostener en el tiempo: una relación social que se renueva año tras año, que evoluciona con las necesidades reales de ambas partes y que sobrevive a los cambios internos de la organización, es infinitamente más valiosa que una decena de iniciativas puntuales sin continuidad.

Este es, precisamente, el trabajo que muchas organizaciones todavía no han abordado con la profundidad que merece. No porque falte voluntad —las cifras del sector demuestran justo lo contrario—, sino porque construir esa arquitectura requiere un enfoque distinto al de la gestión de proyectos habitual: requiere mirar a la empresa y a la sociedad como un mismo ecosistema, y diseñar la relación entre ambas con la misma seriedad con la que se diseña cualquier otra área estratégica del negocio.

El paso que está pendiente

Si algo deja claro este informe, edición tras edición, es que las empresas españolas ya han entendido que lo social importa. La voluntad está. El compromiso, también. Lo que queda por delante es dar el paso que convierte ese compromiso en una relación real: invertir no solo en la acción, sino en el método que la sostiene.

Porque cuando ese método existe, el impacto social deja de ser un capítulo más de la memoria anual y se convierte en algo verdaderamente transparente, verificable y eficaz: una forma de estar en el mundo que la empresa puede sostener con la misma naturalidad con la que gestiona cualquier otra parte esencial de su negocio. Ese es el verdadero salto que muchas organizaciones tienen todavía por dar, y es, también, la conversación que toda empresa debería tener consigo misma antes de firmar su próxima alianza social.

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