El retorno de la acción social
Las empresas no evalúan sus iniciativas de voluntariado únicamente por lo que ocurre fuera de la organización. Los datos disponibles muestran que también esperan resultados dentro. El Informe Voluntare 2025, elaborado junto con la Universidad de Almería a partir de 236 organizaciones de Europa y Latinoamérica, señala que el 97,7 % de las organizaciones participantes identifica entre los beneficios del voluntariado el fortalecimiento del orgullo de pertenencia y la motivación; el 97 % señala su contribución al compromiso de los empleados con la organización y sus valores, y el 94,5 % considera que favorece la captación o retención de empleados. El 91,5 % de las empresas, además, impulsa el voluntariado con la expectativa de mejorar su capacidad futura de atracción de talento.
No es, por tanto, una cuestión secundaria. El voluntariado corporativo se está incorporando a las estrategias de gestión interna, talento, cultura e impacto social. Voluntare describe precisamente esta evolución: de una práctica más aislada a una herramienta integrada en la estrategia social y de gestión de personas.
Y hay investigación académica que apunta en la misma dirección, aunque con más matices. Una revisión sistemática publicada en 2025 encontró una asociación positiva entre voluntariado y satisfacción laboral en el 86 % de los estudios incluidos, y una asociación positiva con el desempeño laboral en el 57 %. Los propios autores señalan, sin embargo, la importancia de factores como la intensidad de la participación, la alineación de habilidades y las actitudes hacia la responsabilidad social, así como la necesidad de más investigación longitudinal para establecer causalidad.
La evidencia nos sitúa, por tanto, ante una realidad bastante clara: una iniciativa social puede generar valor para la empresa. La pregunta es otra: ¿debe ese beneficio formar parte de lo que buscamos cuando diseñamos una iniciativa social?
Una misma experiencia, tres miradas
Imaginemos una jornada en la que veinte empleados de una empresa colaboran con una entidad social. La entidad recibe recursos y capacidad de colaboración. Las personas participantes conocen una realidad que probablemente no forma parte de su día a día. La empresa ofrece una experiencia vinculada a sus valores y puede, además, generar nuevas relaciones entre sus empleados. Todos obtienen algo, pero no necesariamente buscan lo mismo.
Para la empresa puede ser una iniciativa de responsabilidad social, pero también una oportunidad para trabajar la cultura, desarrollar competencias o fortalecer el sentido de pertenencia. Para la entidad social, el objetivo debería estar relacionado con su misión y con las necesidades de las personas o comunidades con las que trabaja. Para quienes participan, la experiencia puede tener un significado propio que ni la empresa ni la entidad pueden determinar de antemano.
Esta diferencia importa, porque cuando una iniciativa tiene varios efectos positivos, resulta tentador considerarlos equivalentes. Y no lo son.
El beneficio interno no es el problema
Buscar un retorno para la organización no convierte automáticamente una iniciativa social en una mala iniciativa. Una empresa necesita tomar decisiones sobre cómo utiliza sus recursos. Si una acción contribuye a una causa social y, al mismo tiempo, permite desarrollar competencias, mejorar relaciones entre empleados o acercar determinados valores a la experiencia cotidiana, sería difícil sostener que esos efectos internos deben ignorarse.
De hecho, la investigación sobre voluntariado corporativo lleva años analizando precisamente estas relaciones. Un meta-análisis publicado en Journal of Managerial Psychology, que revisó 57 fuentes, encontró relaciones entre la participación organizativa en voluntariado corporativo y diferentes resultados a nivel de empleados, aunque también mostró que algunos efectos tradicionalmente atribuidos al voluntariado son pequeños o no significativos cuando se analiza la participación individual. ScienceDirect
La cuestión, por tanto, no parece ser si puede existir un beneficio empresarial —puede existir—, sino qué lugar ocupa dentro de la iniciativa.
Cuando el retorno empieza a cambiar la relación
Hay una diferencia importante entre que una iniciativa social genere un beneficio para la empresa y que sea diseñada principalmente para conseguirlo. Si una empresa quiere desarrollar competencias de liderazgo y utiliza una experiencia con una entidad social para conseguirlo, la pregunta debería ser qué aporta esa experiencia a la intervención social, y no únicamente qué aporta al desarrollo de sus empleados. Si busca mejorar el orgullo de pertenencia, habrá que preguntarse también qué necesidad social está atendiendo. Y si quiere fortalecer su marca empleadora, tendrá sentido analizar qué valor obtiene la comunidad de esa relación.
La investigación también ha encontrado razones para prestar atención a esta cuestión. Un estudio publicado en Journal of Business Research analizó cómo los empleados interpretan los motivos de la empresa para apoyar el voluntariado: cuando percibían motivos relacionados con relaciones públicas, se debilitaba la identificación de la empresa como una organización prosocial y, con ella, algunos efectos positivos sobre el compromiso organizativo.
Esto no significa que comunicar una iniciativa social sea negativo. Significa algo más preciso: la percepción de por qué se hace también importa.
¿Y qué lugar ocupa la entidad social?
Aquí aparece una segunda cuestión que merece más atención. A medida que el voluntariado corporativo se profesionaliza, las entidades sociales aportan conocimiento, metodología, acceso a comunidades y capacidad para diseñar experiencias vinculadas a realidades concretas. Ese conocimiento tiene valor. Pero una entidad social no es únicamente un proveedor capaz de organizar una actividad diferente para los empleados de una empresa: su razón de ser está relacionada con una realidad social y con una determinada intervención sobre ella.
Por eso, una colaboración puede tener una dimensión de servicio —la entidad presta determinados conocimientos o recursos— y, al mismo tiempo, formar parte de una alianza orientada a generar impacto. La diferencia está en cómo se diseña la relación: quién define la necesidad, quién decide qué experiencia tiene sentido, qué ocurre con las personas beneficiarias, qué valor permanece cuando termina la actividad. Son preguntas menos cómodas que preguntar cuántos empleados han participado, pero probablemente dicen mucho más sobre el impacto conseguido.
De proveedor a socio
Quizá uno de los mayores retos para las empresas y las entidades sociales esté precisamente aquí. Una empresa puede contratar una actividad a una entidad social y obtener un buen servicio. También puede construir con ella una relación de mayor profundidad. En el segundo caso, la entidad no aporta únicamente una actividad: aporta conocimiento sobre una realidad, experiencia de intervención y capacidad para identificar qué puede generar valor y qué puede resultar contraproducente.
Eso cambia la conversación. La pregunta deja de ser "¿qué actividad podemos hacer con nuestros empleados?" y pasa a ser "¿qué podemos construir conjuntamente que responda a una necesidad social real y, al mismo tiempo, tenga sentido para las personas y para la organización?".
No siempre será necesario que ambas cosas sucedan, y no todas las iniciativas sociales tienen que convertirse en experiencias de empleado. Precisamente por eso conviene distinguirlas.
El criterio está en el orden de las prioridades
Una iniciativa social puede generar beneficios para una empresa. Puede mejorar relaciones, facilitar aprendizajes, acercar valores, fortalecer el orgullo de pertenencia o contribuir a la atracción de talento. Los estudios disponibles muestran que estos efectos forman parte de las expectativas y de las experiencias de muchas organizaciones.
Pero que esos beneficios existan no responde a una cuestión anterior: ¿para qué existe la iniciativa? Quizá la diferencia entre una colaboración social y una experiencia corporativa con contenido social no esté en que una empresa obtenga o no un retorno, sino en qué lugar ocupa ese retorno en el diseño de la relación. Porque una causa puede generar aprendizaje, una entidad puede generar conocimiento, una experiencia puede generar conexión, y una empresa puede obtener valor. La cuestión es si todos esos elementos están construidos alrededor de una necesidad social real o si la necesidad social acaba convirtiéndose en el medio para conseguir otra cosa.
Tal vez, antes de diseñar la próxima iniciativa, haya una pregunta más útil que qué obtendrá nuestra empresa de ella: ¿qué valor estamos creando para la realidad social con la que hemos decidido relacionarnos? Y después, una segunda: ¿qué valor puede generar esa relación para nuestra organización sin alterar su sentido?
Ahí empieza, probablemente, una colaboración con mayor profundidad.
Fuentes: