¿Qué es la dimensión social en una empresa y por qué es tan importante?
Cuando hablamos de la dimensión social de una empresa, solemos pensar en aquello que una organización hace para contribuir a la sociedad: un proyecto de voluntariado corporativo, una colaboración con una entidad social, una campaña de sensibilización o una iniciativa dirigida a apoyar una determinada realidad.
Pero la dimensión social de una empresa es algo mucho más amplio.
Habla de una cuestión aparentemente sencilla: qué lugar ocupan las personas en la manera de hacer empresa.
Porque una organización no solo genera productos, servicios o resultados económicos. También genera relaciones, experiencias y formas de entender el mundo. Lo hace con las personas que forman parte de ella y también con las personas y comunidades que forman parte de la sociedad en la que desarrolla su actividad.
Por eso, la dimensión social no puede entenderse únicamente mirando a las personas hacia dentro ni únicamente mirando hacia fuera. Ambas realidades están conectadas.
Y si durante mucho tiempo hemos analizado las empresas principalmente desde una perspectiva económica, es decir, por su capacidad para crecer, innovar, competir o generar valor, la dimensión social cada vez está tomando mayor protagonismo.
Cómo integrar la dimensión social en la empresa: primero, dentro
Hoy el análisis también se realiza sobre el bienestar organizacional: el bienestar de las personas dentro de la empresa. La OCDE lleva años trabajando precisamente en cómo medir el impacto de las empresas sobre el bienestar de las personas, avanzando hacia una visión que no se limite a analizar qué políticas tiene una organización, sino también qué efectos generan esas prácticas en empleados, trabajadores de cadenas de valor, consumidores y comunidades.¹˒² La diferencia es relevante.
Una empresa puede tener una política de personas, pero la pregunta más profunda es qué experiencia están viviendo realmente esas personas dentro de la organización. La visión de una empresa como un espacio humano donde trabajan personas, se construyen relaciones, se toman decisiones que afectan a otros y se generan experiencias que influyen en cómo las personas viven su relación con el trabajo y con la propia organización, está tomando cada día más importancia.
La forma de liderar un equipo, la confianza que existe entre las personas, las oportunidades que se generan, la manera en que se gestionan los cambios o cómo se integra la diversidad forman parte, desde una mirada interna, de esa dimensión social.
No hablamos únicamente de condiciones laborales o de políticas concretas, sino de algo más amplio: cómo se construyen las relaciones dentro de una organización.
Porque las empresas no funcionan solo mediante procesos. Funcionan a través de personas que colaboran, toman decisiones, resuelven problemas y afrontan cambios. Y la forma en que viven esa experiencia importa.
La investigación lleva años mostrando que la relación entre las personas y su organización tiene consecuencias reales. El análisis de Gallup sobre engagement en el trabajo, que analiza 736 estudios realizados en 347 organizaciones, 53 sectores y 90 países, con más de 3,35 millones de empleados, encontró relaciones consistentes entre el nivel de compromiso de las personas y diferentes resultados organizativos, como productividad, rentabilidad, rotación o absentismo.³˒⁴
Estos datos no significan que una empresa deba convertir el bienestar en una iniciativa aislada o que una acción puntual vaya a transformar automáticamente una organización.
La reflexión es otra: la manera en la que una empresa se relaciona con las personas tiene impacto.
Cuando existe confianza, cuando las personas sienten que pueden aportar, cuando entienden el sentido de lo que hacen y cuando perciben que forman parte de algo, la relación entre empresa y personas cambia. Aquí entra la cultura de empresa.
Y una cultura de empresa que pone a las personas en el centro, lo hace de manera que la dimensión social no termine dentro de la organización.
La relación con la sociedad también transforma la empresa
Una empresa forma parte de un entorno y tiene la capacidad de relacionarse con la sociedad de la que forma parte. Puede acercarse a otras realidades, colaborar con quienes trabajan directamente sobre determinados retos sociales y generar espacios donde las personas de la organización puedan aprender desde la experiencia.
Aquí es donde las acciones sociales adquieren una dimensión especialmente interesante. No solo por el impacto que generan hacia fuera, sino por la transformación que pueden provocar dentro: una experiencia que conecta a una persona con una realidad que desconocía puede cambiar su forma de mirar.
En muchas ocasiones hemos visto cómo una acción de sensibilización relacionada con la discapacidad, por ejemplo, no solo contribuye a visibilizar una realidad social. También ayuda a una organización a revisar prejuicios, comprender barreras invisibles y adquirir herramientas para relacionarse de una manera más natural con personas con discapacidad cuando esa realidad forme parte de su propio entorno.
Lo mismo ocurre cuando una empresa se acerca a otras situaciones sociales: realidades de vulnerabilidad, desigualdad de oportunidades, envejecimiento, diferencias generacionales o colectivos que habitualmente permanecen alejados del día a día corporativo.
El impacto social no siempre está solo en aquello que cambia fuera. A veces también está en cómo cambia la mirada de quienes participan.
La dimensión social necesita mirar más allá de las acciones
Quizá uno de los grandes retos actuales es dejar de entender la dimensión social como una suma de iniciativas e integrarla en la empresa desde una nueva perspectiva transformadora tanto interna como externamente.
Una empresa puede realizar muchas acciones positivas, pero la pregunta importante es qué está generando con ellas: hacer no siempre significa transformar.
Una actividad reúne personas; eso no significa que entre ellas se genere conexión. Una campaña puede comunicar un mensaje sin llegar a cambiar una sola percepción. Y un proyecto puede cerrarse con buenos resultados y, aun así, no dejar nada cuando termina: la huella aparece cuando algo permanece después de la acción.
Y es que las iniciativas sociales tienen más valor cuando consiguen conectar personas, generar aprendizaje y modificar la forma en que entendemos otras realidades.
La dimensión social no se mide únicamente por el número de acciones realizadas, sino también por las relaciones que se construyen y los cambios que esas relaciones generan.
Quizá por eso la dimensión social no debería ser responsabilidad exclusiva de un área de la empresa.
No pertenece únicamente a Recursos Humanos, aunque tenga una relación directa con las personas que forman parte de la organización. Tampoco a Responsabilidad Social o Sostenibilidad, aunque tenga mucho que ver con el papel que una empresa quiere desempeñar en la sociedad. Ni siquiera a Comunicación, aunque comunicar el propósito y las acciones sea importante.
La dimensión social atraviesa toda la organización porque habla de algo esencial: cómo una empresa entiende su relación con las personas, con las personas que trabajan en ella, con las que colabora, con las que forman parte de la sociedad en la que desarrolla su actividad.
Y quizá la pregunta no es cuántas acciones sociales puede sumar una empresa, sino qué tipo de relaciones quiere construir con las personas y con la sociedad de la que forma parte. La dimensión social de una empresa no se define por lo que hace, sino por la huella que deja en las personas.
Referencias